6.10.18

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (7 DE OCTUBRE)



Llevemos a los niños a Jesús para que lleguen alto y sean felices. Fano 

La profesora de los Centro Teológicos de la Diócesis de Málaga, Mariela Martínez OP, ayuda a profundizar en el evangelio de este domingo, XXVII del Tiempo Ordinario.

Jesús dibuja en el horizonte un tiempo de novedad. Con él nos adentramos en un nuevo proyecto, el del Reino, en el que se inaugura un tipo de relaciones nuevas entre los seres humanos y, como no, también en las relaciones de pareja.

Cuando un hombre y una mujer se une ante Dios y la comunidad eclesial, realizan un pacto, una alianza de amor que tiene pretensiones de irrevocabilidad, aunque luego distintas condiciones humanas (en las que no vamos a entrar) lleven por un itinerario no propuesto como ideal, y, en no pocas ocasiones, cargado de sufrimiento. “El amor, dirá san Pablo, no pasa nunca” (1 Cor 13,8), por ello el ideal del matrimonio es un proyecto para siempre. Así estaba en el plan de felicidad de Dios para el ser humano narrado en el Génesis: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 1,27; 2,24). Sin embargo, el pueblo de Israel “por su dureza de corazón” rebajará el ideal del “amor para siempre” (Dt 24,1).

Jesús recupera ese amor “sin límites” y lo propone como proyecto ilusionante. Siempre un don de Dios y un regalo mutuo, pero también una tarea por realizar. “El amor tiene dos enemigos principales: al indiferencia que lo mata lentamente o la desilusión que elimina de una vez” (W. Riso). El hombre y la mujer están llamados a trabajar y trabajarse para no caer la indiferencia y no provocar la desilusión. Eso es una tarea que hay que hacer cada día sin relajarse, sin caer en la falacia que todo está hecho. Lo que no se cuida, se descuida.

PUBLICADO EN DIÓCESIS DE MÁLAGA.