ES C U C H A M O S L A PA L A B R A
COMENTARIO BÍBLICO, CICLO A
1 de ENERO: SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, DÍA DE LA PAZ
A comienzo del nuevo año y junto a María, queremos invocar de Dios sobre toda la humanidad la bendición de que nos habla el libro de los Números. María madre de Dios, madre de la paz, enséñanos a ser y vivir en comunión y en fraternidad con todos los seres humanos.
“Ben-decidos” (Nm 6,22-27)
Este breve pasaje recoge una de las fórmulas más antiguas y hermosas de bendición del Antiguo Testamento. No se trata de un deseo piadoso, sino de una bendición eficaz, que comunica lo que pronuncia, porque es Dios quien actúa a través de ella. La bendición se estructura en tres invocaciones, con un ritmo solemne y creciente, que revelan el corazón del Dios de Israel:
1. “El Señor te bendiga y te guarde”
La bendición comienza con la protección. Dios cuida, custodia, preserva la vida. No es un Dios lejano, sino cercano, vigilante, comprometido con la historia concreta de su pueblo.
2.“El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor”. El “rostro” de Dios expresa su presencia benévola. Que Dios muestre su rostro significa que no se esconde, que mira con amor, que concede gracia. Frente a los dioses anónimos o temibles, el Dios bíblico se deja ver como misericordioso.
3. “El Señor vuelva su rostro hacia ti y te conceda la paz”. Culmina con el don de la paz (shalom), que no es solo ausencia de conflicto, sino plenitud de vida, armonía con Dios, con los demás y con uno mismo. Es el don mesiánico por excelencia.
“Guardar estas cosas y meditarlas en el corazón” (Lc 2,16-21)
María, de nuevo, protagoniza la escena del nacimiento de Jesús. Después del anuncio del ángel a los pastores, estos se convierten en mensajeros, en portadores de revelación que les ha sido anunciada. Después de haber visto a Jesús, dan a conocer la palabra- acontecimiento, y se convierten en testigos.
La reacción de María, sin embargo, es replegarse hacia su interior: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). María escucha la palabra-acontecimiento, la guarda y la rumia en su corazón, tratando de comprender lo que ha ocurrido en su vida. María por ello, además de ser madre, es discípula.